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LOS 4 CAMBIOS DE LA FAMILIA CHILENA

Menos matrimonios y más frágiles, familias recompuestas, una creciente incorporación de la mujer al trabajo y un incipiente (¿y creciente?) apoyo del hombre en las labores domésticas son las cuatro grandes tendencias que están cambiando el panorama de la familia de hoy. En estas páginas, el destacado sociólogo Eugenio Tironi explica por qué estos cambios llegaron para quedarse y por qué está seguro de que no existe la tan comentada "crisis de la familia chilena".

Por Eugenio Tironi

  

   En las últimas décadas, Chile ha experimentado un aceleradísimo proceso de modernización de corte liberal, basado en el culto al individuo, a la autonomía, al trabajo, al consumo como fuente de identidad y al placer personal. Los efectos de este cambio han ocasionado una profunda transformación en las familias chilenas, y no podía ser de otro modo.

   Hay un nuevo paisaje familiar. Desde el punto de vista sociodemográfico, algunas de sus características más sobresalientes son: el número de hogares organizados en torno a la figura del matrimonio ha declinado; el promedio de edad al momento de contraer matrimonio se ha elevado, lo mismo que la edad de las madres al momento de tener a su primer hijo; hay una fuerte reducción de la fecundidad, por efecto de una declinación de la natalidad entre las mujeres casadas; se ha desacoplado la fecundidad del matrimonio, lo que ha conducido que más de la mitad de los niños nazca por fuera del matrimonio; los hogares formados por parejas que cohabitan se han multiplicado; hay un aumento de las familias monoparentales, especialmente aquellas con jefatura femenina y hay un crecimiento importante del número de personas que viven solas.

   A estas características hay que sumar cuatro grandes tendencias socioculturales que se están viviendo ahora y que, pienso, llegaron para quedarse en nuestra sociedad:

   Primero, los matrimonios son cada día más escasos y más frágiles. Hoy día el matrimonio no es un estado para toda la vida, sino que está pensado más bien como un soporte de la felicidad personal. Por lo tanto, y en segundo término, con el aumento del divorcio han aumentado también las familias recompuestas, formadas por hijos de diferentes parejas. La tercera tendencia es la acelerada incorporación de la mujer a la fuerza de trabajo y, la cuarta, es más bien una pregunta: ¿El hombre compartirá más el trabajo doméstico con la mujer? Hasta ahora ha resultado bastante renuente.

   ¿Significa todo esto que la familia en Chile está "en crisis"? Mi respuesta es un rotundo no. ¿Crisis respecto de qué? ¿Acaso en el pasado la familia estaba mucho mejor constituida que en el presente? Definitivamente no. La base se la sociedad es el individuo, y el individuo se agrupa en familias, que es su núcleo primario. Pero la forma cómo se agrupan las familias ha ido cambiando muchísimo a lo largo de la historia.

   Muchas veces se evalúan estos fenómenos como efecto de las corrientes relativistas, de los medios de comunicación, de una disminución de la influencia de la Iglesia, de la aprobación de la ley de divorcio. Pero aquí hay tendencias más profundas, que dicen relación con la forma en que la economía y la sociedad se organizan, y el tipo de valores que surgen de ahí. Las personas terminan pensando como actúan, y sólo muy excepcionalmente, al revés. No se puede vivir alentando el capitalismo liberal de hoy, basado en el individualismo, en el placer personal, en la autonomía, en la propiedad, en el rechazo al ocio, en el consumo, en la libertad respecto de todo tipo de ataduras, y al mismo tiempo suponer que la familia no va a sufrir transformaciones. ¿Cómo podría la familia permanecer incólume? Ese mundo perfecto, donde cambia la economía y la sociedad, pero no la familia, no existe. La modernización tiene impactos sobre la familia y hay que hacerse cargo de ese impacto. Pero vamos por partes:


Menos matrimonios y más frágiles:

   Como mencioné anteriormente, estamos viviendo un proceso de individuación, es decir, un mayor peso y autonomía del individuo respecto de sus grupos tradicionales de referencia. Y esos grupos son básicamente la familia, como también el lugar de origen y la clase social. En general, este proceso conduce a que el individuo se autonomiza y va construyendo personalmente su propia identidad, lo que hace que la familia como referencia tenga un peso menor. Incluso el peso que tiene la pareja es menor: la idea de una pareja simbiótica se debilita por el privilegio de relaciones donde el objeto principal es el placer individual de cada uno. En este sentido, las separaciones matrimoniales han aumentado porque el individuo moderno no está dispuesto a abandonar su aspiración a la realización o al placer personal, en función de una causa, como puede ser la familia o el bienestar de los hijos, incluso. Esta es la tendencia, se observa incluso en el caso chileno como un deterioro de la autoridad paternal. En la Encuesta Bicentenario de la Universidad Católica - Adimark de 2007, se concluye que las personas estiman que el peso del padre en el hogar es mucho menor que el que tenía cuando ellos eran niños. Esta autoridad es, en parte, sustituida por la autoridad de la madre, pero en parte no es sustituida por nadie.


Familias recompuestas

   En Chile tenemos tasas más bajas de divorcio que en los países desarrollados, como Estados Unidos, por ejemplo, y también una tasa más baja de familias recompuestas, con hijos de distintos matrimonios o convivencias. Pero van a ir aumentando. En este sentido, hay que agregar que la familia en Chile nunca ha sido ese lugar paradisíaco que algunos se imaginan que fue. En general, en Chile, la familia moderna (padre y madre unidos en matrimonio que viven con sus hijos) se forma sólo a comienzos del siglo XX, por influencia del Estado, que quería formar buenos ciudadanos, y por influencia de la Iglesia, que con la introducción de la doctrina social se escandaliza con la situación de la familia del siglo XIX. Históricamente hubo muy poco matrimonio, mucha cohabitación y una desatención dramática de los niños. Entonces, la familia nuclear tradicional, con padre proveedor, no es una realidad anclada en la tradición chilena; más bien es al revés. Frente a estos cambios, no se gana nada teniendo un discurso normativo o escandalizándose contra estos antivalores, porque las raíces de estos cambios tienen que ver con las trasformaciones profundas que ya mencionamos. Nosotros hacemos un culto a la flexibilidad en materia de empleo, de educación, de salud, de planeación urbana. Todo tiene que ser flexible. La flexibilidad se ha erguido en sinónimo de modernidad. ¿Por qué la familia no?


La mujer y el mundo del trabajo

   La acelerada incorporación de la mujer al mundo laboral ha significado un cierto abandono del hogar, dejando un espacio que -en Chile al menos- no es sustituido adecuadamente por el padre. Esto significa que en este momento estamos en una suerte de transición, donde los hijos tienen padres y madres ausentes. Pero las grandes transformaciones sociales son así. Los hombres tienen una barrera cultural importante: no les gusta que la mujer se incorpore al mundo laboral o público, y la castiga quizás no sustituyéndola en el hogar o no compartiendo como debiera, lo que es muy duro para la mujer y los hijos. Por lo mismo, hay un fuerte sentimiento de culpa en ellas. Pero la mujer que tiene un trabajo formal reporta ser más feliz que la que no trabaja y mucho más que la que lo hace en un empleo informal. En este sentido, una de las más grandes revoluciones que se están llevando a cabo en Chile en este momento es la creación masiva de jardines infantiles y salas cuna, fundamentales en la formación de estos niños (y también de los hijos de las convivencias, de las familias monoparentales, etcétera). Un niño que ha formado un fuerte vínculo de apego está mucho más preparado para tener éxito en el sistema escolar, para ingresar al mercado del trabajo, para formar una familia que aquél que no lo tuvo. Y como tenemos problemas a nivel de estructura familiar, tenemos que darle una mano a la familia y eso se traduce en educación preescolar.

   La mujer se va a seguir incorporando al mercado del trabajo. Detener este proceso no es posible: va en contra de los deseos de la mujer, que quiere tener autonomía, probarse en el mundo público y va contra los intereses de la sociedad, que necesita tener ese inmenso recurso productivo que es la mujer, con su especial mirada y postura sobre las cosas. En muchas partes del mundo esto ha ido de la mano con una importante caída de la natalidad, y en Chile también lo estamos viendo. Pero la manera de combatir esto no es bloqueando el acceso de la mujer al mercado del trabajo, sino que dándole facilidades para compatibilizar el trabajo con el cuidado de los hijos (donde volvemos al tema de las salas cuna).


Cooperación de los padres en el hogar

   Se habla mucho de que ellos están más involucrados en la crianza de sus hijos, pero la realidad indica que vivimos una situación paradójica. Varios estudios señalan que la mujer se está incorporando en mayor cantidad que el hombre al mundo del trabajo, y que, a nivel de jóvenes, la mujer está teniendo más éxito que sus pares hombres en ingresar a este mundo. Sin embargo, el hombre con una mujer que trabaja no destina más tiempo a la vida doméstica que el con una mujer que no trabaja. No tenemos una cultura de compartir, sí quizá en estratos más educados. A nivel masivo no se observa. Pero es un proceso y creo que el hombre va a tener que dar una mano cada vez mayor en la vida doméstica: no es posible que siga de esta manera.

   A pesar de lo antes expuesto, en Chile la familia sigue viva. Basta ver los resultados de la Encuesta Bicentenario UC-Adimark 2007, entre otras, donde queda establecido que produce más satisfacciones que otros nexos sociales, como los amigos. Y que hay una alta disposición de las personas a permanecer viviendo en familia o en contacto con ella. Aquel vaticinio de que el individuo moderno se alzaría sobre las ruinas de la familia –por lo que su extinción sería ineluctable– no se está cumpliendo, al menos por ahora.

   Desde el punto de vista de la sociedad, conviene tener familias bien formadas. El matrimonio da más estabilidad y es bueno para los hijos. La familia hace a la gente más feliz, más productiva y, por lo tanto, es un buen negocio para la sociedad. Pero tenemos que admitir que las formas de familia son hoy muy diversas y lo van a seguir siendo.

   Desde el punto de vista de las políticas públicas, hay que desarrollar todo tipo de instrumentos preventivos que ayuden a que las familias no se quiebren, cualquiera sea su forma; conviviente, recompuesta o nuclear tradicional, lo cual implica promover su institucionalización. Las rupturas significan una enorme costo para las personas; la principal fuente de infelicidad y dolor es el divorcio o ruptura de la relación. Y, segundo, significa un enorme costo para la sociedad, porque los niños se ven muy afectados, lo que repercutirá en su rendimiento escolar, en su predisposición a conductas desviadas, en su inserción al mercado laboral, etcétera.

   Ahora, cuando las familias se quiebran, es fundamental apoyarlas. Está comprobado: los hijos y las madres que han sufrido un quiebre familiar tienen muchas más probabilidades de caer en la pobreza, de sufrir fracasos escolares, de tener problemas en el empleo, que aquellos que tienen una familia constituida, cualquiera sea su tipo. Estas familias necesitan apoyo y no prédicas ni discursos moralistas

   Frases altisonantes como que "la familia está en crisis" no sirven para nada. Yo prefiero poner atención a los fenómenos reales, ver cómo algunos de sus efectos se mitigan, se reencauzan, antes que rasgar vestiduras. En Chile tiene que haber un discurso más empírico. Pero, de hecho, en nuestro país se destinan más recursos públicos para conocer las audiencias de la televisión que para conocer lo que pasa en las familias.

                                               Tomado de revista “Ya”, 17 de junio de 2008

 
   
 
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